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Hoy más que nunca tengo mil motivos para sentir

El hecho de seguir narrando mis historias me mantienen día tras día aún más vivo, intento desahogarme de alguna forma subrrealista, incluso cuando la soledad sigue ejerciendo su poder de seducción.

Aunque he guardado silencio durante mucho tiempo, sigo en conversación internas para aliviar mi consciencia, me digo a mi mismo, que en realidad, hasta el sexo bipolar no es relación sexual, sino una conversación, una manera más de calmar una insaciable necesidad de contacto y comunicación; que en lugar de pronunciar palabras, simplemente hablo con mi piel para evitar no sentir y calmar el deseo.

A lo largo de mi vida mantengo esa relación íntima con mis sensaciones. Desde estar en lo más alto y de repente en lo más profundo de la tierra, hasta los indicios de cantar una canción en público, hablar con desconocidos en un ascensor o la simplicidad de parpadear indiscriminadamente para sentir los parpados y el roce de mis pestañas.

En una conversación muy íntima frente al espejo, las pequeñas venas que surcaban el blanco de mis ojos que, más que enrojecidos, permanecían tristes. Tristes por el enfrentamiento a la soledad. Varias preguntas circulan en mi conciencia, entre muchas, una: ¿Por qué en ocasiones aquello que parece alegría puede transformarse en excesiva alegría, de un momento a otro? Una euforia constante de sentimiento motivados por una persona.

Al conocerme tan bien, sé que ese exceso de alegría me puede llevar muy lejos. Me puede llevar a cometer los más inexpertos delitos de adolescente en plena noche, como aventurarme a cortar las flores del vecino o ir vestido cada día con la silenciosa y placentera sonrisa enigmática que refleja mi rostro. Sé que si me siento tan feliz, puedo comenzar con las ilegalidades provocadas por el impulso repentino del amor.

Pero, ¿Cómo controlar una sensación que me hace sentir tan feliz? Desde ese aroma fresco a flor del campo, al más incontrolado vértigo en lo más alto de esa cascada y que de repente pueda caer en picada hasta lo más profundo y estrellarme contra las rocas. Inevitablemente puedo resistirme a esa sensación de placer que se pulveriza en su caída libre, como agua de vapor. Está claro, que es una disciplina muy cruel, querer administrar mi felicidad en ese preciso momento. Mil sensaciones que me invaden por segundo, suben desde la boca de mi estómago y se depositan en mi garganta, para hacer el más profundo de los tragos.

Es imposible detenerme para controlar mis estados emocionales, cuando siento mariposas inesperadas en mi estómago. Sería como destruir la euforia y el encanto del éxtasis.

Esa placentera felicidad que se transforma con rapidez en mi interior en una sensación de comodidad, más terrible que nunca. Es algo absolutamente maravilloso y estimulante.

Pero, ¿Acaso es mejor frenar la felicidad que ganar la carrera?

No, hoy más que nunca, tengo mil motivos para ser feliz y sonreír.

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